La Reforma

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El Monte Carmelo es, desde tiempos del Antiguo Testamento destino de peregrinación para los eremitas que buscan el encuentro con Dios en soledad y silencio.

El más importante es el profeta Elías. Escondido en una cueva esperaba la visita de Dios. No lo reconoce en el viento fuerte y poderoso que rompía montes y quebraba peñas, ni en el terremoto, ni en el fuego que siguen. Elías sale al encuentro de Dios cuando oye un ligero y blando susurro.”…- ¿qué haces aquí Elías?…Y él respondió: Me consume el celo por el Señor Dios de los Ejércitos.” Este es el lema de los carmelitas en latín: “Zelo Zetus sum pro Domino Deo exercituum”.

La Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (también llamada Orden de los Carmelitas) es una orden religiosa que surgió alrededor del Siglo XII, cuando algunos cruzados, inspirados en el profeta Elías, se retiraron a vivir en el Monte Carmelo, considerado el jardín de Palestina (“Karmel” significa jardín).

En medio de las celdas construyeron una iglesia, que dedicaron a su patrona, la Virgen María, a quien veneran como Nuestra Señora del Carmen. Tomaron así el nombre de“Hermanos de Santa María del Monte Carmelo”.

En 1209 de San Alberto de Jerusalén dicta la primitiva regla de la comunidad, que sintetiza el ideal del Carmelo: vida contemplativa, meditación de la Sagrada Escritura y trabajo.

Pero tras el fracaso de las cruzadas deben emigran emigrar a Europa, donde no son muy bien recibidos. Y es entonces cuando María se aparece con el escapulario a San Simón Stock para apoyar a la orden.

La regla tiene un carisma austero y eremítico, pero en 1432 el Papa Eugenio IV otorga bula de mitigación a la Regla carmelitana, dificultando el recogimiento y la vida interior que Teresa buscaba.

Al nacer Teresa de Jesús la regla estaba mitigada y muy relajada con respecto a la primitiva de San Alberto de Jerusalén. La reforma que ella acomete, es, en realidad, una vuelta a su rigor primitivo, adaptado, lógicamente a los nuevos tiempos.

Ella misma explica: “Venida a saber los daños de Francia de estos luteranos… fatiguéme mucho… lloraba con El Señor y le suplicaba remediase tanto mal… Y como me vi mujer ruin e imposibilitada de aprovechar en nada en el servicio del Señor… así determiné a hacer eso poquito que yo puedo y es en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo.”

En la actualidad el rigor de la Regla se aplica de manera diferente en los distintos monasterios. Algunos mantienen el espíritu contemplativo de oración y otros lo compaginan con una mayor apertura al mundo y apostolado.