Nada pedir, nada rechazar

Nada pedir, nada rechazar

Nada pedir, nada rechazar. Me dijo alguien de quien escucho y valoro sus consejos.


Nada pedir.
Verano, camino a Potes, paro con mi mujer a comer en Cervera de Pisuerga. No hay paisaje en el mundo que más me atraiga que el de estas llanuras onduladas de cereal, de cuyas grietas nacen álamos y pinos. Están pinchadas por peñascos que verdean aquí y allá.
De segundo pido huevos fritos con patatas, una de esas fiestas cotidianas con que Dios nos regala cada día. Las patatas me aseguran que no son congeladas.
Pero al cambiar del primero al segundo, la camarera me ha dejado sólo un cuchillo. Y mi mujer lleva la vista de su plato al WhatsApp.
Decido aceptar la situación sin pedir ayuda, y comerme el plato con los dedos. Labor nada sencilla, si uno quiere evitar que la yema de huevo acabe en manos, cara y por toda la mesa.
Ni mi mujer ni la camarera se dan cuenta, mientras voy cortando el huevo en tiras que pongo sobre las patatas fritas, a modo de tapa chapucera, … pero funciona. Resulta un poco más difícil cuando tengo que cortar la yema, pero lo hago con cuidado y voy limpiando los dedos en la servilleta de papel a cada rato.
Termino y nos retiran el plato sin que nadie repare en que sólo hay un cuchillo.
Nada rechazar.
Volviendo ya hacia casa, una semana después, paramos a ver alguna iglesia que nos ha llamado la atención en Perazancas. Me quejo a una vecina de que esté cerrada al público y ella me ofrece las llaves de la Ermita de San Pelayo. Está a pocos kilómetros, pero hay que volver luego a traer las llaves y me da algo de pereza. Pero decido no rechazar la oferta, y cambio las llaves por mi DNI mientras voy a la visita. La ermita es vieja, pequeña. Bien conservada para su edad. Está sola, rota y perdida. Le pido a mi mujer rezar la hora de Sexta, y ella me espera en el coche, mientras me dejo mirar por los que por aquí han pasado en sus mil años de historia.
Al volver, pregunto a la mujer, como es que ella tiene las llaves. Me contesta que siempre las ha tenido.
Tenemos un precioso pasado, pienso, pero no es del todo nuestro. El presente sí que lo es, y no estamos más lejos de Dios.