Invitación a la lectura del “Castillo Interior”

Invitación a la lectura del “Castillo Interior”

Padre Salvador Ros OCDS

Curso de formación OCDS. Toledo 25-27 de Enero de 2013

Si es verdad que se escribe teniendo en cuenta para quién se escribe, también es verdad que saber cómo ha sido escrita una obra, ayuda a entenderla. Con ese deseo ofrecemos al lector estas páginas, como premisa para lectura del Castillo Interior, la obra cumbre de santa Teresa, tanto de su producción literaria como de su trayetoria espiritual, escrita en plena madurez de su existencia, a la edad de sesenta y dos años, y a sólo cinco de su muerte; la obra, en fin, más representativa de su magisterio como Doctora de la Iglesia.

1.- Teresa “al pié de la letra”

El Castillo Interior – así lo tituló ella después de escrito, en el reverso de la primera de la primera hoja en blanco- es, ante todo la historia de su alma, ella misma al pie de la letra, como indica el comienzo del prólogo y en referencia directa al Libro de la Vida, escrito doce años antes: “Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han mandado escribir, antes temo que han de ser casi todas las mismas; porque, así como los pájaros que enseñan a hablar no saben más de lo que les muestran y oyen y esto repiten muchas veces, soy yo al pie de la letra” (prólogo 2). Yo soy la materia de mis libros, eso es lo que quiso decir, mucho antes y mejor que Montaigne y que Descartes. Teresa inaugura la modernidad.

La relación o continuidad entre ambos escritos se debió inicialmente a un trágico suceso: el secuestro del Libro de la Vida por parte de la Inquisición el año 1575; un libro que ella daba por perdido y que quería completar: “Si el Señor quisiere diga algo nuevo, su Majestad lo dará, o será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho…, que me holgaría de atinar a algunas cosas que decían estaban bien dichas, por si se hubieren perdido” (prólogo 2). A esto se añadía un deseo de comunicación y un propósito didáctico de validez para otros, pensando no sólo en sus monjas, también en otros hipotéticos lectores: “Y porque parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas, harta merced me hará nuestro Señor si a alguna de ellas se aprovechare para alabarle algún poquito más” (n. 4), dicho retóricamente como una manera tópica de captar y ampliar el círculo de destinatarios.

2.-El deseo y el mandato de escribir

Ciertamente, fue esa irreprimible necesidad de comunicación, tan necesaria al escritor como el viento a la nave, lo que a ella la impulsó a escribir, por más que pregone el mandato expreso de prelados y confesores, insistiendo una y otra vez en que escribe por obediencia. No es que mienta al asentar esa premisa, ni que tal obediencia sea falsa; por el contrario, ha tenido buen cuidado de procurársela de antemano para no parecer atrevida de lanzarse a escribir por cuenta propia. Pero, hablando con propiedad, habría que llamarla más bien “licencia” o salvoconducto para encauzar eficazmente ese anhelo de comunicación, lo que no podía ser de otro modo en un tiempo en que a la mujer -por el mero hecho de serlo- le estaba vedado escribir.

Y eso fue lo que sucedió con el libro del Castillo Interior, un ejemplo de hábil diplomacia para que le mandaran escribir lo que ella ya estaba determinada a hacer. Hallándose en Toledo con su adorado Padre Gracián, cuyos resortes psicológicos conocía a la perfección, y en días muy difíciles para la reforma, se consolaban ambos hablando de cosas espirituales. Al llegar a cierto sutil deslinde, ella suspira: “¡Oh, qué bien escrito está ese punto en el libro de mi vida que está en la Inquisición!”. Gracián, que ni conocía el libro, ni tal vez esperaba rescatarlo del Santo Oficio, dice entonces a la Madre: “Pues que no le podemos haber, haga memoria de lo que se le acordare y de otras cosas, y escriba otro libro, y diga la doctrina en común, sin que nombre a quien le haya acaecido aquello que allí dijere. Y así le mandé que escribiese este libro de Las Moradas, diciéndole, para más la persuadir, que lo tratase también con el Doctor Velázquez, que la confesaba algunas veces, y se lo mandó.”

Pero lo que no sabía el ingenuo Padre Gracián es que esa idea de completar el Libro de la Vida se la había ocurrido a ella mucho antes, y que ya había dado algunos pasos, bastante comprometedores, por cierto. Enterada por su sobrina María Bautista, la priora de Valladolid, que el obispo de Ávila tenía una copia y que doña María de Mendoza había hecho sacar del libro que tenía el obispo un traslado, y que se lo había ahora tomado el obispo”, no dudó en pedirle a este el envío de la copia clandestina: “Al obispo envié a pedir el libro, porque quizá se me antojará de acabarle con lo que después me ha dado el Señor que se podría hacer otro y grande, y si el Señor quiere acertase a decir; y si no, poco se pierde” (Carta a don Lorenzo de Cepeda, 17-I-1577). Don Álvaro de Mendoza, como cabía esperar, no soltó prenda por lo que nuestra pérdida habría sido inmensa de no haberse logrado el proyecto: pero a quien afirme que el Castillo Interior viene de una orden del Padre Gracián, habría que responderle, sencillamente, que no conoce la sagacidad teresiana. Claro que ese deseo provenía de instancias a las que ella no podía resistirse,: nada menos que del mandato mismo de Dios, como confesó al jesuita Gaspar de Salazar, en lenguaje cifrado a los pocos días de concluido el libro: “Hízose por mandado del vidriero (Dios), y parécese bien, a lo que dicen” (Carta 7-XII-1577). Una vez más quería dejar bien claro que era Dios, y no los hombres, quien mandaba en su obra literaria.

 3.- Tiempo récord de escritura

Aunque ella no solía reparar demasiado en la precisión de las fechas a la hora de datar sus escritos y recuerdos, esta vez, sin embargo, contamos con una afortunada excepción, pues tanto al principio como al final del libro, en el prólogo y en el epílogo, consignó las fechas en las que inició y concluyó la obra; fechas indicadas, naturalmente, por el santoral, que ése era el calendario al uso en una sociedad sacralizada como la suya. Pues bien, a tenor de esos dos registros, el proceso redaccional se extiende desde “hoy, día de la Santísima Trinidad, año de 1577, en este monasterio de San José del Carmen de Toledo” (prólogo 3) hasta “víspera de San Andrés, en el monasterio de San José de Ávila, año de 1577” (epílogo 5); fechas que traducidas a nuestro calendario abarcan desde el día 2 de junio hasta el 29 de noviembre, esto es, seis meses menos dos días, lo que supone un récord para la redacción de una obra de semejante envergadura.

Pero es que ni siquiera llegó a ocupar todo ese tiempo. Empezó, como queda dicho, el 2 de junio, y en sólo quince días terminó de redactar hasta el capítulo primero de las cuartas moradas, dejando escritas 26 hojas por ambas caras. Fue entonces cuando le llegó la noticia de la muerte del nuncio Ormaneto y tuvo que interrumpir la escritura para preparar el viaje a Ávila, decidida a pasar la jurisdicción de aquel monasterio del obispo a la Orden. Durante el mes de julio, a ratos sueltos, en medio de viajes y dificultades, logró escribir los dos capítulos finales de las cuartas moradas y los tres primeros de las quintas (19 hojas). Y finalmente en nobiembre, tras un largo paréntesis de “casi cinco meses desde que lo comencé hasta ahora” (5M 4,1), escribió de un tirón el resto del libro (65 hojas), desde el capítulo cuarto de las quintas moradas hasta el colofón final de las séptimas  (16 capítulos de los 27 que tiene el libro).

Según esto, el tiempo empleado en la redacción del libro se reduce a dos meses, lo que supone un récord todavía mayor, justo en el momento más crítico de su Reforma y en medio de no pocas dificultades, con “enfermedad continua y ocupaciones de muchas maneras” (prólogo 1), lo que demuestra que estamos ante una consumada escritora, tan ágil y desenvuelta como reconocen admiradas sus propias monjas, que tantas veces la sorprendieron en el trance creador.

4.- Contenido y guía de lectura.

Entre los escritos teresianos, El Castillo Interior es el sistemáticamente más logrado, con título propio y dentro de un género específico, calificado de “tratado”. Y así debe considerarse, ciertamente, como uno de los primeros y más originales ensayos de teología espiritual de la época moderna, con un planteamiento innovador, renacentista e inductivo, que va del hecho experimental hacia la comprensión y de ésta a la categorización.

La novedad de este planteamiento, así como la razón última de su éxito, hay que verla desde un pasaje paradigmático del anterior Libro de la Vida, en el que dirigiéndose al P García de Toledo le hablaba de las tres gracias o etapas de su experiencia mística: sentir, entender y comunicar (cf. V 17,5). Texto que, en principio parece como un eco de lo leído en el Tercer Abecedario de Osuna: “Un don es dar Dios la gracia, y otro don es darla a conocer; el que no tiene sino el primer don, conozca que le conviene callar y gozar, y el que tuviere lo uno y lo otro, aún se debe mucho templar en el hablar; porque con un ímpetu que no todas veces es del espíritu bueno, le acontecerá decir lo que, después de bien mirar en ello, le pese gravemente de lo haber dicho. Más vale que en tal caso le pese por haber callado que por haber hablado pues lo primero tiene remedio, y lo segundo no” (trat. 3, cap 2). Pero si nos fijamos bien, la coincidencia entre ambos textos es más aparente que real o sólo parcial pues en el texto de Osuna se silencia el tercer nivel de la comunicación y termina reduciendo todo el proceso místico a sólo los dos primero estadios, como vuelve  decir más adelante: “Porque un don es dar Dios alguna gracia, y otro don es dar el conocimiento de ella; y a muchos da lo primero, que es hacer las mercedes, y no les da lo segundo, que es el conocimiento de ella” (trat. 5, cap. 3).

Teresa, en efecto, fue más allá. Y esa diferencia del tercer grado de la comunicación es justamente la razón de ser del Castillo Interior, como ella misma indica en reiteradas ocasiones: “Y aunque en otras cosas que he escrito ha dado el Señor algo a entender, entiendo que algunas no las había entendido como después acá, en especial de las más dificultosas” (1M 2,7); “un poco más luz me parece tengo de estas mercedes que el Señor hace a algunas almas” (4M 1,1); “podrá ser que en estas cosas interiores me contradiga algo de lo que tengo dicho en otras partes; no es maravilla, porque en casi quince años que ha que lo escribí quizá me ha dado el Señor más claridad en estas cosas de lo que entonces entendía” (4M 2,7).

Otra importante novedad de esta obra es su sistema expresivo, pues aunque conocía el esquema clásico de las tres vías -purgativa, iluminativa y unitiva- y de los tres estados correspondientes -principiantes, aprovechados y perfectos- (cf. V 11, 5; 13,13; CV37 1;42,5), en esta ocasión quiso adoptar un sistema distinto, nada que ver con el de los “libros muy concertados” de los teólogos, para describir el itinerario de la vida espiritual bajo el número simbólico de siete moradas y al hilo de otros cuatro símbolos (el castillo, las dos fuentes, el gusano de seda y el simbolismo nupcial), adentrándose en lo que Dios hace, no tanto en lo que nosotros podamos hacer, que de eso ya había sobrada literatura, “porque siempre oímos cuán buena es la oración y no se nos declara más de lo que podemos nosotras, y de cosas que obra el Señor en un alma declárase poco, digo sobrenatural” (1M 2,7). Por eso, de los 27 capítulos que tiene el libro, dedica únicamente los cinco primeros al tema ascético, la materia que antes había ocupado casi todo el Camino de Perfección, y todos los demás (22 capítulos) a las “cosas sobrenaturales”, al tema propiamente místico: entrada en vías pasivas (moradas cuartas), unión y santificación inicial (moradas quintas), el crisol del amor y sus manifestaciones más fuertes (moradas sextas), consumación en la experiencia de los misterios cristológico y trinitario y plena disposición al servicio de los otros (moradas séptimas).

Y por último, dos avisos al lector: Primero, que para entender lo que en el léxico teresiano son las moradas, téngase en cuenta la definición que adelantó la propia santa Teresa cuatro años antes: “son las moradas conforme al amor con que hemos imitado la vida de nuestro buen Jesús” (F 14,5); la misma definición que daría después san Juan de la Cruz, buen conocedor de la obra teresiana e intérprete autorizado de la misma: “las siete mansiones son los siete grados de amor” (cf. 2S 11,9; LB 1,13; CB 26, 3-4). Y segundo, que para entender este libro no hacer falta más saberes que el saber leer, o mejor dicho, el saber escuchar, pues si ella escribió como quien habla -“iré hablando con ellas en lo que escribiré” (prólogo 4)-, el lector deberá leerlo como quien escucha, leyéndolo incluso en voz alta, pero sobre todo, sabiéndose responsable de una obra que exige la lectura reiterada y participativa, “acontinuando a ir muchas veces a ella”. Sólo de este modo la obra terminará siendo del lector y haciendo su efecto: “Una vez mostradas a gozar de este Castillo, en todas las cosas hallaréis descanso, aunque sean de mucho trabajo, son esperanza de tornar a él, que no os lo puede quitar nadie (epílogo 2).